Tal y como ha quedado recogido en el post anterior La politica fiscal: expansión vs. austeridad. Parte II: Crecimiento a través de austeridad, es vital que, para que estas
medidas de recuperación de las sendas de crecimiento en la economía basadas en
la consolidación fiscal funcionen, los modelos deben estar fundamentados en una
visión microeconómica de agentes con expectativas racionales. De lo contrario,
los cambios futuros esperados en las variables no tienen efecto en el periodo
actual y las conclusiones a las que estos modelos llegaban podrían calificarse,
cuanto menos, como inalcanzables.
El reverso tenebroso de este tipo
de medidas que, como hemos visto se basan en la racionalidad de los agentes y
la confianza en los ejecutores de la política económica es señalado por Kitromilides [1]: los objetivos de reducción
del déficit a través de recortes en el
gasto público y el mantenimiento de la senda de recuperación pueden entrar en
conflicto si los recortes se producen en una cuantía elevada, demasiado pronto
– too much, too soon – y teniendo un efecto deflacionario sobre la economía,
produciéndose, por tanto, un efecto opuesto al buscado en la confianza del
sector privado que puede provocar, a su vez, un alejamiento paulatino de la
senda de recuperación y una recaida en la recesión (parece que es donde estamos, con una doble recesion desde 2007).
Kitromilides [1] señala algunos argumentos más
a tener en cuenta a favor de la política de la austeridad. El primero de ellos
se basa en la idea de los efectos expulsión – crowding out – y en la
equivalencia ricardiana. El mecanismo de transferencia funciona como sigue: en
un contexto de déficits públicos financiados a través de títulos deuda, la
subida de los tipos de interés expulsa a la inversión privada y el consumo se
contrae por la anticipación que los agentes realizan del futuro – en el que
tendrán que hacerse cargo de mayores cargas fiscales – mientras incrementan su
ahorro – para hacerse cargo de esas cargas fiscales futuras –. El mecanismo
como vemos abunda en la idea pre-keynesiana de neutralidad de la política
fiscal para solucionar recesiones. En segundo lugar se señala la sostenibilidad
de los ratios de deuda sobre PIB, (ver El crecimiento, las deudas y la austeridad ¿que papel juegan en la financiación del Estado?) y que, razonablemente, depende de las condiciones de
mercado reinantes para obtener financiación y de la confianza que los
inversores tengan en el país. En torno a esto último, han existido numerosos intentos de cuantificar
una cifra límite basados en la evidencia empírica, sin embargo esta se
encuentra fuertemente influenciada por el momento histórico elegido, por lo que
no es posible fijar valores concluyentes.
En tercer lugar, se encuentra lo
que podríamos denominar el sentimiento de los mercados, es decir, que opinan
los mercados sobre las políticas de los países. Normalmente la pretensión de
los prestamistas es clara: quieren recuperar su inversión y quieren garantizar
que el prestatario está en condiciones de devolver el principal y los
intereses. Esto normalmente es sinónimo de que el país se tome sus problemas en
serio. Sin embargo esto mucha veces puede ser bastante ambiguo y, como podemos
ver actualmente, si las políticas de austeridad adoptadas no resultan creíbles
esto provoca que sean el origen de nuevas turbulencias que afecten
negativamente a la capacidad de la economía para retomar o mantener sendas de
crecimiento.
[1] KITROMILIDES, Y., 2011. Deficit reduction, the age of austerity, and the
paradox of insolvency. Journal of post Keynesian economics, 33(3),
pp. 517-535.
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