jueves, 7 de noviembre de 2013

Cuando la virtud del mundo mengua


Me manifiesto, oh Arjuna, siempre que disminuye la justicia y aumenta la injusticia. Nazco en cada edad para protege a los buenos, destruir a los perversos y restablecer la justicia.
Estas son las palabras que Krishna dirige a Arjuna en la Bagavad Gita. Hoy 5 de noviembre –día elegido para comenzar una revolución que de a luz a una nueva sociedad en la orwelliana Inglaterra de Alan Moore y David Lloyd – escribo estas reflexiones queriendo ocupar, con la debida modestia, el papel de Krishna y manifestarme ante lo menguado de la virtud del “mundo”.

El “mundo” que entrecomillo es en el que me desenvuelvo día a día, el que tiene lugar en el llamado solar patrio. En él cada día se materializa el empequeñecimiento de la virtud que no se si algún día tuvimos, pero que me resisto a no suponernos: Reinos de taifas que ceden a presiones de grupos interesados sin más bandera que el verso del poeta barroco -poderoso caballero es donde dinero-, asesinatos cuyas novedades copan los espacios televisivos, videntes -en contraposición a su desea invidencia- administraciones de justicia,  eufemismos en progresión geométrica para no llamar a las cosas por su nombre, aumentos de las desigualdades, aumento de la pobreza, aumento de la exclusión social, brotes verdes -citando a la sabiduría popular, donde no hay mata no hay patata. Siquiera habrá brote-, éxodos, generaciones perdidas, constantes llamadas a la solidaridad del pobre, pretendido resurgir de movimientos independentistas  -peleas de enamorados que sirven de cortina de humo a la desastrosa gestión del reino de Taifa en cuestión-, absolutismo y gobierno por decreto… Creo que no hace falta seguir. No quiero seguir. Pan y circo, pero al contrario que en el Imperio, el pan escasea

Y sin embargo, seguimos y seguiremos. Porque así nos quieren y así nos acomodamos a estar. El primer artículo de la constitución española establece que La soberanía nacional reside en el pueblo español del que emanan los poderes del Estado. Esto es, nosotros somos la fuente de la eterna vida que otorga poder político a los que lo ostentan. Pero como todas las fuentes, ni controlamos a quien se acerca a beber, ni controlamos lo que se hace con nuestros flujos una vez los hemos transmitido. Lo hemos aceptado, y lo hemos hecho tan bien y tan en silencio que la concurrencia de los partidos políticos a la formación y manifestación de la voluntad popular así como su estructura interna y funcionamiento democráticos establecidos en el artículo sexto de la carta magna es pura ciencia ficción, al igual que el artículo 9.2 donde se enuncia que corresponde a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integran sean REALES y EFECTIVAS; remover los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitar la PARTICIPACIÓN de TODOS LOS CUIDADANOS en la VIDA POLÍTICA, ECONÓMICA, CULTURAL Y SOCIAL. Las mayúsculas son mías.

¿Por qué no exigimos la participación efectiva en el Gobierno? ¿Por qué no abogamos por la existencia de mecanismos de paticipación ciudadana que pongan coto a los excesos?¿Por qué no abandonamos los modos futboleros a la hora de discutir de cosas que afectan al futuro de todos? ¿Por qué seguimos con la venda puesta diciendo yo soy de aquí y de allá porque sí, porque en casa lo somos de toda la vida, porque lo era mi abuelo y le tengo cariño…? 

Dice Luc Ferry que además de por el terreno de juego, por el mundo y la historia en los que transcurrirá nuestra vida, debemos preguntarnos por el resto de los seres humanos, por aquellos con los que nos ha tocado jugar. […] De esta cuestión se ocupa la segunda parte de la filosofía, una parte ya no teórica sino practica que deriva, en un sentido amplio, de la esfera de la ética. Pese a que Parménides señala la levedad como cualidad deseable y Milán Kundera la volvió insoportable en lo que se refiere al ser, lo cierto es que nuestra existencia, fruto de la interacción que conlleva la impronta de socialización que quedó grabada en nuestro genoma, afecta a la vida de otros, más o menos alejados en función de nuestro poder, por lo que no podemos ignorar las implicaciones éticas que de nuestras actitudes y actos se derivan para el conjunto de la sociedad.

¿Por qué no aceptamos entonces y de una vez por todas que la libertad de elección que todo ciudadano tiene en una democracia, al igual que el resto de libertades, implica responsabilidad? Responsabilidad con lo propio y con lo ajeno; responsabilidad de leer las propuestas que nos lanzan los que aspiran a representarnos; responsabilidad de exigir cuentas cuando los programas propuesto no se cumplen; responsabilidad para exigir la depuración de responsabilidades y las cabezas de quienes no se han comportado con la intachabilidad que debe tener quien aspira a organizar recursos COMUNES; responsabilidad para exigir los mecanismos de representación ciudadanos que nos permitan controlar los poderes públicos que cada día más nos ignoran y se convierten en el Leviatán que todo lo traga y nada ofrece...Responsabilidad, en definitiva, para atreverse a dudar incluso del paradigma filosófico utilizado en la concepción del Gobierno. 

¿Paradigma filosófico? ¿Qué dice el trasnochado este? Digo que detrás de las consideraciones en torno a lo que es de recibo dejar a las generaciones futuras -o a nuestra generación en el futuro- y lo que no, lo que se esconde es la idea de justicia imperante en dicha sociedad -abrir citando a Krishna no era falta de cálculo o gigante con pies de barro. No hay puntada sin hilo- La idea de justicia utilitarista, desarrollada por Bentham, plantea, que lo justo se basa en un fino cálculo aritmético de placeres y displaceres (al estilo epicúreo). Imaginemos una sociedad que se plantea si debe ser esclavista o no. Desde una óptica utilitarista, calificar tal cuestión como justa o injusta conllevaría realizar un cuidado análisis del equilibrio de las utilidades derivadas por los propietarios de los esclavos, por los esclavos mismos y por la sociedad en su conjunto, que funcionaria bajo un sistema eficiente o ineficiente en función de dichas utilidades por los actores principales que intervienen en el problema. Así la esclavitud se declararía injusta en el caso de que las ventajas que representa para los propietarios de esclavos no compensasen las desventajas que representa para el esclavo, y para la sociedad, que se vería entonces obligada a funcionar bajo un sistema de trabajo ineficiente -la eficiencia del sistema viene medida por el equilibrio entre utilidades; de esta manera, el sistema es ineficiente siempre que las desventajas/desutilidades superen a las ventajas/utilidades- (comparado con el régimen de libertad).

Comparemos esto con los cortes, recortes y saqueos que el Estado –el de bienestar y el que configura España– así como las libertades individuales sufren en la actualidad en pos de un potencial mejor futuro. ¿mejor futuro? ¿el de quién? ¿Quién tiene un mejor futuro cuando se desatienden inmigrantes por el hecho de serlo? ¿Quién tiene un mejor futuro cuando se externalizan nada más que las aéreas rentables de los hasta ahora llamados servicios públicos?¿Quién gana cuando el precio de la educación aumenta sacando del sistema al que no puede costearselo? ¿Quién gana cuando las coberturas sanitarias disminuyen? ¿quién gana cuando se juega con las pensiones? ¿quién gana cuando todo lo que se habia conseguido se desmantela a la voz de que la austeridad nos proporcionara un mejor futuro -el lector interesado puede ver las entradas previas en este blog a proposito de la austeridad-?¿quién gana cuando las corruptelas que asolan el reino quedan impunes por motivos que no convencen ni a los versados en temas jurídicos?

Por eso, por lo dicho y por lo que está por decir, mejor ataquemos y reaccionemos. Salgamos del letargo intelectual al que nos someten los actuales formatos de des-información de los medios y replanteémonos si ese paradigma en el que todo vale y es justo si es netamente útil impera y aboguemos por una aplicación práctica y manifiesta de los principios rawlsianos que se le han de suponer a todo sistema justo. A saber, en primer lugar, que cada persona que participa en una práctica o que se ve afectada por ella, tiene un igual derecho a la más amplia libertad compatible con una similar libertad para todos. Y en segundo lugar que Las desigualdades son arbitrarias a no ser que puedan razonablemente esperarse que redundaran en provecho de todos, y siempre que las posiciones a las que están adscritas o desde las que pueden conseguirse, sean accesibles a todos. Con este segundo principio, madre del cordero, definimos qué tipos de desigualdades son permisibles. Así, una desigualdad será tolerada o aceptada solo si hay razón para creer que la práctica que incluye o da como resultado esa desigualdad obrará en provecho de todas las partes embarcadas en ella, esto es, todas las partes tienen que salir ganando con la desigualdad; de esta forma el principio excluye justificar desigualdades sobre la base de que las desventajas de los que se encuentran en una posición se compensan con las mayores ventajas de los que se encuentras en otra (visión utilitarista).

Esta óptica no permitirá, por tanto, siquiera tomar en consideración las ventajas que la práctica de la esclavitud reportaría al propietario de esclavos; dado que ese oficio no es acorde con los principios que han de reconocerse a todos los seres humanos, las ganancias que corresponderían al propietario de esclavos, en caso de existir, no pueden ser computadas como si pudieran de algún modo mitigar la injusticia de esa práctica, es decir, la cuestión de si esas ganancias son de mayor peso que las desventajas que la esclavitud tiene para el esclavo y para la sociedad, no pueden plantearse ya que, al considerar la justicia de la esclavitud, esas ganancias carecen en absoluto de peso que deba ser compensado.

La óptica rawlsiana entiende la equidad como un concepto fundamental en el, a su vez, concepto de justicia, con un punto de partida distinto del utilitarista: la justicia es entendida esencialmente como la eliminación de distinciones arbitrarias y el establecimiento, dentro de la estructura de una práctica, de un apropiado equilibrio entre pretensiones rivales; no hay que confundir esto, sin embargo, con una visión omni-inclusiva de una sociedad buena, sino que, bajo esta óptica, pueden existir desigualdades que uno acepta que son justas o, al menos, no injustas.

¿Cómo se instrumenta toda esta retórica teórica? Fácil, sencillo, de un simplismo aterrador…Cierre los ojos, asuma que todos los seres humanos son como usted y usted es como todos los seres humanos, olvide donde vive y la mucha o poca fortuna que ha tenido, olvide si pudo estudiar o si lo está haciendo, olvide si tiene talento para algo y ha podido desarrollarlo o no…Olvide todo lo que es, lo que tiene y lo que conoce. Recuerde única y exclusivamente que no somos tan diferentes y pregúntese, contestando con ingobernable sinceridad, que querría para usted si las cosas le van bien, si es una persona con talento y éxito. Pregúntese ahora que querría para usted si le pasase todo lo contrario. Pregúntese que querría si se encontrase en las múltiples opciones intermedias…Ahora abra los ojos y comience a comportarse como ese tipo de ciudadano que las democracias necesitan y exigen. El trovador británico de musa asiática ya lo dijo: It is easy if you try

¿Filosofía de la miseria o miseria de la filosofía? Miseria del ciudadano apocopado, miseria del ciudadano carente de la facultad de la simpatía que Adam Smith -proclamado padre de la economía- nos atribuía en su Teoría de los Sentimientos Morales,  obra que da sentido al comportamiento humano de las Riqueza de la Naciones.

Llegados a este punto quizá estes esperando aun más justificaciones a este cambio de actitud que te propongo, una justificación a mi exhortación, un porqué a mi insistencia de lo pertinente de la utilización de ese velo de ignorancia a la hora de definir la sociedad que queremos. Le encomiendo esa tarea al anarcohedonista Michel Onfray, al paradigma neoclásico de la teoría económica y a la mecánica newtoniana: la economía se mueve de forma circular en un continuo movimiento virtuoso de transacciones e intercambios. Sin embargo, por todos es sabido -a la educación pública gracias, es cultura popular en este país- que en los movimientos rotatorios, según la mecánica newtoniana, pueden localizarse fuerzas ficticias centrípetas y centrífugas. Las primeras ejercen una fuerza que atraería el cuerpo hacia el eje de rotación; las segundas ejercen sobre el cuerpo una fuerza dirigida en sentido opuesto al eje de rotación, una fuerza de “expulsión”. Siguiendo con el simil, la resistencia que nosotros podamos oponer, esto es, las acciones que llevemos y podamos llevar a cabo dentro del marco social y económico imperante serán las que determinaran la resistencia que podamos presentar a ambas fuerzas y, por tanto, nuestro acercamiento al centro del círculo virtuoso de la economía o nuestra más completa expulsión del mismo y, por tanto, nuestra flagrante condena al arroyo.

Es en este contexto de incertidumbre en torno al exito o fracaso que nuestras acciones e interacciones con las instituciones y resto de individuos de la sociedad tengan para con nosotros mismos, a la resistencia a la expulsión del circulo virtuoso que nuestras acciones nos permitan oponer o, si hemos sido ya expulsados, el apoyo que los mecanismos que la sociedad haya podido diseñar para permitir una nueva incorporación al movimiento circular, donde el velo de la ignorancia adquiere toda su trascendencia. La maxima es casi tan antigua como el mundo: No desees para nadie lo que no querrias para ti mismo.